Yo y los cambios físicos de la persona mayor
Los cambios físicos asociados al envejecimiento lleva a la persona mayor a experimentar algunas alteraciones en sus funciones, como la pérdida de la capacidad de comunicación, o la reducción en su movilidad. En nuestra tarea como cuidador nos conviene conocer desde un principio qué cambios físicos está experimentando la persona y qué actividades de la vida diaria no puede realizar sin nuestra ayuda.
En muchos casos, este deterioro físico conlleva una disminución en la capacidad de realizar actividades básicas de la vida diaria como comer, asearse, levantarse, vestirse, etcétera, o en las actividades instrumentales, como cocinar, limpiar, controlar el dinero, etcétera. De esta valoración inicial, podremos conocer qué tipo de ayuda necesita la persona mayor y cómo podemos ofrecérsela.
Para valorar el nivel de capacidad funcional de la persona mayor, nos podemos preguntar una serie de cuestiones iniciales para determinar su grado de autonomía y también para valorar y programar nuestra ayuda.
¿Es el entorno físico adecuado para que realice la actividad?
En el caso de que la persona mayor se desplace con dificultad, debemos facilitarle algún tipo de herramienta de apoyo o ayuda técnica (bastones, andadores, muletas) y comprobar que puede desplazarse sin dificultad por su espacio. Una organización adecuada de la casa o habitación puede facilitar el que la persona mayor se desenvuelva con libertad.
Una casa organizada en función de la capacidad física y cognitiva de la persona mayor permitirá, en mayor medida, que ésta pueda seguir realizando muchas actividades por sí misma, favoreciendo de esta manera su autonomía.
¿Es un entorno seguro?
También hay que tener especial atención al entorno que rodea a la persona mayor y comprobar que se adapta a estos cambios físicos. En el proceso de envejecimiento es frecuente que existan una serie de cambios físicos y cognitivos que hacen más fácil que las personas mayores sufran accidentes y tengan más consecuencias negativas. Así, el declive de las habilidades motrices y la velocidad de razonamiento, la existencia de pérdidas visuales y auditivas, el aumento de la vulnerabilidad a los efectos del cansancio y del agotamiento y la disminución de la capacidad de reserva física hacen más difícil que el organismo responda adecuadamente ante situaciones que pueden ocasionar daño. De esta manera, podemos organizar y adaptar el entorno físico de tal forma que, en la medida de lo posible, disminuya la probabilidad de que ocurra una situación peligrosa (por ejemplo, una caída).

¿Conocemos qué es lo que puede hacer realmente la persona mayor sin nuestra ayuda?
En el baño, al vestirse, a la hora de comer, etcétera. Los cambios físicos que detectamos en nuestro ser querido pueden derivar en una de las actitudes más comunes entre las personas cuidadoras, que es la sobreprotección.
Esta actitud conlleva a no dejar o hacer por , no permitiendo la autonomía de la persona y generando en ella sentimientos de inutilidad, frustración y baja autoestima. Fomentar la autoestima y favorecer la autonomía es fundamental para el desarrollo y la integración en esta nueva etapa de la vida de las personas mayores.